13 de junio de 2011

TRISTES RECUERDOS

Hace unos días he tenido que asistir al entierro de un primo de mi marido. No era mayor, tenia 57 años, una edad estupenda, para haber podido disfrutar de sus hijas y nieto. Una grave enfermedad se lo ha llevado sin darle tiempo a más.
En esos momentos tan duros para toda su familia, mujer, hijas y hermanas, lo más triste era ver a sus padres, tan mayores, rotos por el dolor de vivir el entierro de su hijo. Nunca estamos preparados para una muerte, mucho menos para la de un hijo. “Esto se escucha decir ante un caso así”.


Cuando por desgracia tengo que acudir a algo tan triste (que según pasan los años va siendo más veces que las que una quisiera) Siempre me vienen a la memoria recuerdos tristes como el día que perdí a mi madre, cuando solo tenía 13 años. Fue un 29 de Junio, recuerdo que en los años 60 se celebraba la festividad de San Pedro y San Pablo.
Que difícil es describir la sensación de vació que sientes a tu alrededor. Como decía antes, para perder a un ser querido nunca estas preparada, pero con tan pocos años menos, nunca antes has pensado en semejante tragedia, si algo oíste sobre la muerte, no ponías mucha atención, eso nunca te pasaría a ti.

Te llega por sorpresa, notas que no estará nunca mas. La viste con tus propios ojos, te dijeron que la besaras, y tú te abrazas a ella, queriendo que se levante, y lo que encuentras es un cuerpo rígido, y al besarla notas algo tan frió como es la muerte. Como es posible, cuando poco tiempo atrás, sus besos y abrazos era el mejor calor que tenias en la vida. Piensas que debe ser un sueño, todo esto no te puede estar pasando. Solo encuentras algo de consuelo escondiéndote a llorar, preguntándote porque, porque paso todo esto, quien tiene la culpa que de un día para otro te cambie la vida de esa manera. La quieres buscar mirando por los balcones hacia una calle y otra, crees que la veras venir por la esquina, notas su presencia detrás de ti, pero cuando te das la vuelta, vuelve a estar detrás tuya, notas sus brazos abiertos, como diciéndote” no te preocupes estoy aquí" pero eso no te tranquiliza, al contrario, te da miedo, sabes que no puede estar, es solo una ilusión.Pasan los días, y el desconsuelo es tan grande, la amargura tanta, que te vuelves un poco egoísta pensando solo en tu tristeza, culpando a tu ser querido por haberte dejado en este mundo.


Escuchas comentarios, sobre la pena que das a los demás. Que según pasen los años la echaras mucho de menos. Que ya no serás una niña como las otras, por el luto no podrás salir en años, con lo cual los juegos en la calle se acabaron, salir a la feria ni pensarlo. Llegue a odiar los Domingos y Festivos, era cuando mis amigas se marchaban vestidas de fiesta, siempre les agradeceré, que nunca dejaron de pasar antes por mi casa.


No crees que esto se pueda olvidar con el paso del tiempo. Tu mundo hasta ese momento era tan pequeño, que no te paras a pensar que habrá gente pasando momentos parecidos a los tuyos. Así días y noches hasta que pasado un tiempo largo, logras superarlo y te acostumbras a su falta y a vestir siempre de negro.
Intentas hacer todo lo mejor posible para que nadie diga. Como falta la madre!


Y poco a poco, te vas animando porque eres joven, pero te acompleja tener ganas de reír estando de luto, te gusta ir al cine y te sientes mal creyendo que te critican por ello, pues todavía tu vestido es negro.


Cuando recuerdas esos tristes años, piensas que después de aquello, solo una enfermedad te puede vencer en la vida. Si aquel tiempo lo superaste sin sicólogos, todo lo demás puede ser más fácil.





1 comentario:

  1. Carlos Gimenez Coleto15 junio, 2011

    Rafaela, aunque sea un relato muy triste, retratas un periodo qué aun se guardaba el luto; con mucha propriedad, describes el inconformismo de una niña, que a partir de la orfandad tendra que tomar un rumbo, al cual no estaba preparada (rompes la trayectoria a camino de la adolescencia, y la vida te va indicar la vereda de responsabilidad precoz...).


    Carlos Gimenez Coleto

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